Un día como hoy, 23 de marzo, Riszard Kapuscinski estaba aburrido, y decidió dar un paseo celestial. En su camino se encuentra a Óscar Wilde risueño, de pie sobre una nube, ligeramente agachado y observando bajo el vapor.

– Hombre, Ud. debe ser el famoso míster Wilde. ¿Qué le hace tanta gracia? – le saluda el periodista polaco.

– Buenos días, señor.- responde cortésemente Wilde -Verá Ud. En Barcelona, hace pocos días la guardia repartió delicias de su profesión sin hacer distinciones entre la gente. Buscaban estudiantes, pero encontraron más. Ofrecieron la madera de sus porras a periodistas, madres, desgraciados… y hasta un niño. Repartieron golpes democráticamente; han sido exquisitamente modernos. Me resultaba bastante familiar, pues me recordaba a mi querido Dublín cuando los “bobbies” hacían acto de presencia entre el gentío de los discursos de Michael Collins. Un hombre muy apuesto, por cierto.

-¿Lo que dice es cierto? ¿Periodistas también? Son de mi profesión. Entonces el que dió la orden de tal salvajada tendrá los días contados. Pronto verá Ud.- se indigna Kapuscinski -cómo el compromiso del periodismo con la verdad será el que realmente restituya el orden. Pacíficamente, en vez de aporrear.

– ¡Oh! Qué ingenuo es Ud. señor. -se ríe Wilde- Precisamente por eso son los periodistas, probablemente, quienes mejor estarían servidos por las atenciones de esta guardia aporreadora.-Wilde observa el gesto de enfado de Kapuscinski- Bueno, no me gusta ser cruel. Es más, rectifico. No le deseo ningún mal al pobre fotógrafo que sangraba. Pero los diarios kinetoscópicos …

– ¿Kinetoscópicos …? -le interrumpe Kapuscinski extrañado- ¡Ah! Se refiere usted a los telediarios.

– ¿Se llama así? Le agradezco su aporte cultural. Bien, como le estaba comentando, los telediarios de estas pobres gentes faltaron a la verdad, porque sus dueños son los mismos dueños de esa guardia. Así que la información resultó igualmente aporreada, muy a pesar de la valentía de este fotógrafo. Realmente este pobre tipo no se merece tener unos jefes cínicos.

– ¿Por qué cínicos?.

– Porque sólo se preocupan por el precio de todo y no saben el valor de nada.- asevera Wilde.

– Ciertamente. Acaba Ud. de recordarme que los cínicos no sirven para el oficio del periodismo.

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