Ryszard Kapuściński aúna en “El Imperio” (1993) tres diarios de viajes que son, a su vez, también un diario de memorias, de sus recorridos a lo largo y lo ancho de la extinta Unión Soviética. Tres diarios para tres sentimientos: el miedo, la opresión y la represión, que para él se evocan en el trasfondo de historias cotidianas, tanto propias como de anónimos ajenos, a partir de las cuales brota una ramificación de reflexiones de cariz cultural, histórico o político.

En “Primeros encuentros”, el periodista polaco descubre el miedo al niño que el lector lleva dentro, contando historias de Pinsk, su pueblo natal, con ojos genuinamente inocentes y curiosos. Pero también temerosos e inquietantes, pues el calvario de su propia madre es también una de sus historias ajenas. Con un estilo fluido, rico en detalles, tira de la mente del lector un hilo de reflexiones del adulto Kapuściński, sin necesidad de haberlo plasmado sobre el papel, en el que sólo existe el niño que fue el periodista. Tras ello, las historias desde el transiberiano es un relampagueante viaje de adolescente, en el que en sus historias predomina el sentimiento de opresión, la infinitud de Siberia que el poder soviético lo convirtió en sinónimo de muerte, y el control aduanero como símbolo de represión.

También realiza viajes a países caucásicos como Armenia, Azerbayán o Uzbekistán, en el que ofrece un paréntesis de duda. En este momento el escritor hace un ejercicio de lucidez intelectual, ya que su animadversión a la dictadura soviética no le ciega a la hora de apreciar el arte, la cultura y el estilo de vida de dichos países. No obstante, la conexión entre factores históricos de su país natal, Polonia, con la de aquellas tierras caucásicas es la que le llevaría a acercarse a aquellas gentes y sus orígenes.

Tras conocer el miedo, y experimentar la opresión, empieza en “A vista de pájaro” a analizar la represión sobre el pueblo llano, la verdadera víctima: de los letales planes quinquenales que provocaron hambruna en Ucrania, de la omnipresente vigilancia de la NKVD e, incluso, de la discriminación racial y cultural hacia todos los pueblos distintos del ruso.

Como los mamuts que antaño paseaban por aquellas heladas tierras, la URSS finalmente se extinguió dejando como único recuerdo sus largos y aterradores colmillos. Elija el camino que elija el ruso, según nos cuenta Kapuściński, su Imperio no parecía tener fin. Esta explicación la atribuye el periodista a Berdiàiev al principio de “El Imperio”, pero su libro acaba sobrevolando casi heroicamente el colapso del mismo.

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